Bolsas de carne en derecho

en *su* derecho

Mientras dicen enarbolar un discurso lógico e impoluto se ven abrumados por un penoso deseo de figurar en una historia ínfima y pedorra que no los sobrevivirá por mucho tiempo en ese nicho del que chupan sangre. Ese emprendimiento fallido desde antes de nacer se monta sobre las vías de una técnica que emplean para parecer dueños de la buena pluma. Los doctrinarios en sus encomios a este fascismo que nos atraviesa (aguado para quienes cuentan con un bolsillo más profundo, agudo para quienes no tienen el amortiguador) se la pasan repitiendo que hacen ciencia, lo intentan edulcorar con palabrería mal imitada de la literatura de vaya una a saber qué rancios y para colmo dicen que lo hacen porque velan por la justicia. Suelen dotarla con mayúscula a esa justicia (en especial los que poca vergüenza tienen por saberse cuasidueños de sus vidas, bolsas de carne en derecho, en su derecho) para darse una triste excusa de épica: copia de la copia de mal gusto que los precedió a todos ellos. Leen a otros como ellos, algunos en distintos idiomas y te lo hacen saber citando en extranjero sin traducciones. ¡Dios prohíba leer de otras disciplinas, eso es impuro! ¡Qué me importa el colonialismo, eso es cosa del pasado, aquí buscamos el progreso y la igualdad de todos! Chabones que todo lo saben, a todo le proporcionan una solución que ¡oh casualidad! siempre pasa por otro chabón (representantes del Padre-Dios-Estado y lo que está bien). Escriben y forman a otros como ellos pero insisto la copia de la copia mal copiada. Cada vez se perfecciona este tipo de bolsa de carne que somos y cada vez más daño le hacemos al conjunto que nos sustenta.

¡Y cuánto daño hacen! A cuántos mamotretos (que ya vienen siendo preparados por los grandes éxitos de “las cosas son así”, “siempre fueron así”, “eso es una excepción, no debería funcionar así”, “esto no es político”, “antes las cosas estaban peores/eran mejores” elige tu propia aventura, “ahora se reconocen más derechos humanos”, y un largo etc.) se les vende el cuento de una existencia exitosa a costa de todo lo demás que existe. A lo mejor le parece exagerado querida lectora pero léame: en su mayoría, estudian derecho parásitos. Desde personas que quieren la carrera que mayor caudal de dinero les traerá a su vida hasta personas que creen que el Estado, esa maquina trituradora de mundo (y no se me adelante: Estado y capitalismo para la aberración de politólogos progres: son sinónimos), es un mecanismo de transformación. Algunos le ponen nafta a la máquina, otros la toman y la mayoría de sus usuarios (profesionales y no) están encerrados en el garaje respirando el monóxido de carbono sin siquiera saberlo porque el petróleo es caro. Alguna vez yo también me lo creí pero sostenerlo después de la primera clase de derecho civil es ser un negacionista (otra cualidad casi universal de quienes reciben este fascismo diluido por gracia de sus billeteras y apariencia).

El rol que mayormente juegan los doctrinarios del derecho, que venden sus libros a través de la editoriales carísimas especializadas (porque para saber quién te está cagando y cómo hay que pagarles el derecho de piso a estos asquerosos bien pensantes) es el de la justificación. Claman por la justicia pero únicamente justifican al andamiaje que controla nuestras vidas y nos lleva a todos al exterminio masivo. Los principios generales del derecho, el pensamiento jurídico, la interpretación de las normas, las reglas procesales, el iusnaturalismo, el iuspositivismo e incluso las teorías críticas, mierda tras otra (algunas diisimulan mejor el olor pero andá a contarle de las bondades del Estado y el derecho a los habitantes de los territorios ocupados por los estados genocidas). Cómo puede alguien sostener que el sistema es justo si se montó sobre la sangre y el sudor de miles de millones de personas (humanas y no humanas, animales y vegetales, fungus y montañas, ríos y océanos). “Este papel que acabo de escribir que dice que soy el dueño (y que vos no tenés) me autoriza a llamar a las tropas del Estado para sacarte de aquí.” Negacionismos en distintos grados, no faltará el doctrinario super progre, mega democrático, pro-DDHH, que se re caliente con este texto porque no tiene a quién culpar salvo a sí mismo por tomarse personal lo que es una mera descripción de hechos (como la ciencia del derecho, yo aprendí de los mejores en esta mierda).

Y este tipo de pelotudez con poder de muerte no queda entre las paredes de los edificios monolíticos donde se estudia la falsa ciencia (la única predictibilidad posible es el piacere del poder de turno). No solo es lo que dirime casos de la más diversa índole (desde pleitos entre hijos de millonarios hasta la tenencia de una hija esclava de su familia) sino que se ha vuelto el receptáculo de pedidos por parte de cierto grupo de masas. Se vendió la historia que el derecho puede y debe ser justo. Los iusnaturalistas (que suelen ser católicos enamorados del artículo de la Constitución que otorga al Estado la gloriosa tarea de sostener el culto pero que se deben horrorizar ante la Sharía) han ganado. Ahora la mayoría que está descontenta con la actualidad piensa que hay un ideal de Justicia al que aspirar y que se llega a Él a través de los mecanismos pensados por los genocidas que idearon (y siguen ideando hasta el día de hoy) la destrucción total del mundo que habitamos. Con qué fin? Que algunos por privilegios heredados de tiempos lejanos (y pocos que algún buen negocio hicieron pero nunca desde la pobreza extrema) lleven vidas de una comodidad que poca gente puede si quiera imaginar y que la inmensa mayoría viva vidas de mierda, precarias, con miedo a perderlo todo en un instante y que varios que se hayan comido el cuento de la movilidad social aspiren a ser aquellos que se creen semidioses por controlar la esfera social con tanta facilidad y de paso los protegemos entre todos porque quizá algún día me toque a mí. Patético. Pero en el mientras tanto sigamos pidiéndole al Estado que nos cuide. Las leyes ya prohíben el asesinato (entre civiles porque a los funcionarios públicos se les permite), ya indican que el Poder Judicial tiene que actuar ante una denuncia de violencia de género, ya está todo dicho y escrito en normas con fuerza de ley. Pero el golpe al ego es demasiado. Enterarse que la esgrima de enunciados por twitter no tiene consecuencias materiales en la vida de una es desesperanzador. Que las marchas multitudinarias a los hombres dueños (no importa la genitalidad aquí) les soba los huevos y si quieren te matarán y utilizarán a ese mismo Estado (a ese Poder Judicial que están pidiendo reformar con una mirada feminista) para cagarse en vos y en tu vida y todos los reclamos de libertad si a ellos se les canta el ojete matarte.

Bolsas de carne mal suturadas. Aplastando y destrozando el mundo de una manera que solo se le puede ocurrir al sobrehumano: sin dejarle siquiera posibilidad de reconstruirse sobre la podredumbre (que cuando es gestada por el ciclo vital suele ser beneficiosa para el porvenir). Tanta negación a la muerte, tanta negación a nuestra propia hubris e idiotez, que cuando algo está por ser carcomido por el paso de tiempo, lo sumergimos en lavandina y le pintamos la fachada. Foja cero.

Ni cenizas dejan nuestros inventos de suicidio colectivo, uno de ellos el derecho, el estado y las mil y un pelotudeces que decimos que forman parte de la existencia social que no son más que cuentos que a la mayoría no le queda otra que bajar la cabeza y repetir los grandes éxitos: “las cosas son así”, “siempre fueron así”, “es un avance”, “algo es algo”.