El sensocentrismo infiltrado en el veganismo pretende extinguir a especies carnívoras

senso El sensocentrismo promete eliminar el sufrimiento eliminando a especies de animales no humanxs carnívoras (predadoras).

Eliminarles o extinguirles (sea "sin sufrimiento") no dará a lxs animales no predadorxs una vida sin sufrimiento, pues igual sufrirán de otras formas letales como la sequía de sus fuenstes de agua debido a la proliferación de represas hidroeléctricas que alimentan este sistema tecnoindustrial y alimentarán el nuevo sistema biotecnológico industrial para que sus lindos smartphones y toda la gama del internet de las cosas funcionen al igual que las smart cities. Y ven eliminar a las especies predadoras ni siquiera servirá a los propósitos que el sensocentrismo nos quiere hacer creer lograrán realizar.

Ese es solo un ejemplo.

Además es importante recordar que estas especies predadoras NO matan por diversión ni por afán de dominación; Estas especies matan para alimentarse ya que sus organismos corresponden al equilibrio vida-muerte del sistema trófico que hay en cada ecosistema donde no necesariamente las especies predadoras son las especies que viven una vida edonista ni son la especie superior y gobernante de cada ecosistema. Olvídense ya del "Rey León" o la "reyna abeja" que en la naturaleza salvaje no existen reyes ni reynas, solo son parte de un marketeo de documentalistas financiados por empresas extractivistas y biotecnológicas que nos quieren hacer creer que ahí también existe la dominación.

Creer que el sufrimiento es 100% negativo es anular también los otros sentimientos que lo complementan o se retro-alimentan del sufrimiento y del aprendizaje posterior a cada escenario de sufrimiento. Es lógico que no estoy hablando del sufrimiento propio de un sistema de dominación, que es a lo que se debe enfocar y no a especies que matan porque su organismo lo requiere.

La cadena trófica se rompería dando paso a la extinción hasta de las especies a quienes pretendían salvar, pues sus actividades están interconectadas. Ayudaría entender las relaciones dentro de la naturaleza salvaje para entender esto, pero para comenzar bastaría ser parte del crecimiento de una planta en nuestro jardín o en alguna parte de la ciudad y ver detalladamente las distintas especies animales que intervienen en ello, pues la planta no solo crece ni se alimenta del agua y abono artificial comprado en el super.

Copiaré un artículo titulado "La reprogramación de los animales predadores" para que entiendan y analicen la postura sensocentrista que se ha infiltrado en el movimiento vegano y antiespecista no por la libertad animal, sino con fines supremacistas. Notarán el tinte religioso salvador que enriquece ese artículo. Y notarán que su discurso va parecido al discurso animalista que esteriliza a la fuerza a perrxs y gatxs "para que no haya crías sufriendo en las calles ni ningun otrx animal sufriendo en las calles". Como si todxs lxs perrxs y gatxs que viven en las calles sufrieran; Y como si todxs lxs perrxs y gatxs encerradxs en casita en uan especie de cuarentena por toda su vida, no sufrieran.


La reprogramación de los animales predadores

Hacia un mundo sin crueldad

“Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará.” Isaías 11:6

“Ninguna persona de bien puede contemplar impasible la cantidad de padecimiento que cada año se produce en la naturaleza. Durante el breve tiempo que tardo en escribir esta oración, miles de animales son devorados vivos, muchos otros corren despavoridos para salvar su vida, mientras que otros son lentamente carcomidos por parásitos desde dentro; miles de animales de todo tipo mueren de hambre, de sed y por enfermedades. Esto debe ser así.”
Richard Dawkins River Out of Eden (El río del Edén) (1995)

El problema de la depredación

Es técnicamente factible conseguir una biosfera sin padecimientos. En principio, la ciencia puede crear un mundo exento de las señas moleculares que causan vivencias penosas. Un mundo vivo no sólo puede sostener la vida humana con grados de bienestar humano pre-programados genéticamente; si se consuma, el proyecto abolicionista comporta el rediseño del ecosistema, la inmunocontracepción, los nanobots marinos, la re-escritura del genoma de los vertebrados, y el aprovechamiento del crecimiento exponencial de los recursos informáticos, para gestionar un ecosistema global compasivo. En última instancia, la creación de ese mundo o en cambio el mantenimiento del sesgo de nuestro status quo natural para perpetuar indefinidamente la biología del padecimiento, es una elección de los agentes morales inteligentes.

Esta visión, que parece utópica, no es el producto de alguna nueva teoría exótica. El proyecto abolicionista se deriva directamente de la aplicación de una ética utilitarista clásica y de la biotecnología avanzada. De modo más controvertido, el proyecto abolicionista es la expresión científica de aquello a lo que aspiraba Buda Gautama hace unos 2.500 años: “Que todo lo que tenga vida sea liberado de padecimientos”. De manera provisional, presupongamos que, si no intervienen otros factores, un mundo sin crueldad es éticamente deseable, es decir que lo ideal sería que no existiese el dolor físico o emocional involuntario. Si queremos que algún día se puedan plasmar en la práctica estos nobles sentimientos, será éticamente inevitable tomar algunas decisiones difíciles a medida que nuestra tecnología progresa.

En primer lugar, un mundo sin crueldad implica una transición hacia el veganismo a escala mundial. De modo realista, no se llegará a un veganismo global dentro de un marco temporal plausible sólo o principalmente mediante la persuasión moral. Una transición tan trascendental solamente se podrá producir cuando sea posible producir carne fermentada artificial en grandes cantidades, como mínimo igual de barata, sabrosa y saludable que la carne procedente de animales sacrificados “criados en factorías”; entonces, los argumentos morales sólo tendrán un modesto papel de apoyo. Lógicamente, será necesario superar el llamado “factor de asquerosidad” (yuk factor). Pero cuando existan comercialmente disponibles productos de carne cultivada sin crueldad, el “factor yuk” en realidad actuará a favor de la carne artificial, ya que la carne de animales criados industrialmente no sólo es moralmente asquerosa sino también físicamente repugnante.

No obstante, esta transición no será suficiente. Incluso la teórica adopción a escala mundial de una dieta sin crueldad no influye en otra inmensa fuente de sufrimientos. Estudiaremos aquí uno de los temas más espinosos: el futuro de lo que los biólogos llaman los predadores obligados. Porque el proyecto abolicionista parece ir en contra de uno de nuestros valores básicos actuales. La necesidad de la conservación de las especies es algo tan axiomático, que para promoverla existe una subdisciplina normativa científica explícita, la biología de la conservación. En la era moderna se considera que la extinción de una especie es una tragedia, especialmente si se trata de un animal vertebrado destacado y no un desconocido escarabajo. Sin embargo, si queremos un mundo sin padecimientos, ¿cuántas de las formas de vida darwinianas existentes se pueden conservar en su forma actual? ¿Cuál ha de ser el destino último de especies simbólicamente importantes como los grandes carnívoros? Es verdad que sólo una minoría de las especies de la tierra son predadores carnívoros: las leyes fundamentales de la termodinámica implican que cada vez que existe un “intercambio de energía” entre dos niveles tróficos se produce una pérdida significativa de energía. La mayoría de las aproximadamente 50.000 especies de vertebrados del planeta son vegetarianas. Pero entre la minoría de especies carnívoras están algunas de las criaturas mejor conocidas del planeta. ¿Se debe permitir que estos asesinos en serie sigan depredando indefinidamente a otros seres “sensibles”, o sea, que pueden percibir sensaciones?

Incluso actualmente, algunas formas de extinción son objeto de aprobación universal. Por ejemplo, nadie lamenta la desaparición en la naturaleza del virus de la viruela, aunque persiste la controversia sobre si se deben o no destruir las dos últimas cepas patogénicas del Variola custodiadas por el hombre. En caso necesario, este virus se podría recrear desde cero. Desde el punto de vista técnico, los virus no están vivos ya que no se pueden reproducir independientemente. Y se daría la misma bienvenida a la extinción de muchísimas bacterias patógenas causantes de enfermedades humanas si pudiéramos planear su erradicación con la misma eficiencia que la de los dos Variola responsable de la viruela. Igualmente, el exterminio de las cinco clases de protozoos del género Plasmodium, causantes de la malaria, sería aplaudido por casi todo el mundo; en promedio, la malaria mata a un niño cada doce segundos. Según la “teoría de la mente”, es decir, la capacidad de un ser para atribuir pensamientos o intenciones a otros, los protozoos no tienen conciencia, o su grado de conciencia es mínimo. Sea como fuere, no tiene sentido, o casi no lo tiene, hablar literalmente del “interés” que tiene el Plasmodium. Los Plasmodia sólo tienen un interés figurativo. Lo único que realmente cuenta en los Plasmodia es que su existencia perjudica el bienestar de seres sensibles. Nuestra veneración por la diversidad de la vida tiene sus límites. Los Cestoda parásitos, las Caelifera o saltamontes y las Blattodea o cucarachas, que casi seguramente tienen, como mínimo, una conciencia limitada, son más complejos que los Plasmodia. Sin embargo, ese grado de conciencia aún es comparativamente tenue si se compara con el de los animales vertebrados. Las cucarachas poseen sistemas nerviosos descentralizados. Como consecuencia de ello, probablemente les falta un campo de experiencias unitario. Esto no quiere decir que se les deba hacer daño innecesariamente. Tal vez los ganglios que constituyen su sistema nervioso sientan dolores fuertes en determinados segmentos; las cucarachas conservan habilidades de aprendizaje rudimentarias y pueden vivir sin cabeza hasta una semana. No obstante, en caso de que, salvo en unos pocos vivarios, ya no existiesen las 4.000 especies de cucarachas del mundo, su ausencia en la naturaleza no se consideraría una gran pérdida en ninguna versión plausible del cálculo de la felicidad. Tampoco lo sería la extinción de los enjambres de saltamontes que llamamos plagas de langostas. Teóricamente, un enjambre de 50.000 millones de saltamontes puede devorar 100.000 toneladas de alimentos por día. Los insectos herbívoros comen aproximadamente el 20% de los alimentos cultivados para consumo humano. En un futuro utópico ideal no existiría ni la más leve punzada de hambre, y los recursos informáticos podrían realizar una microgestión del bienestar de los más humildes artrópodos, incluyendo los insectos, de los que se calcula que hay 10 trillones (1018). Hasta entonces, debemos establecer prioridades. En una ética neobudista o utilitarianista, el criterio de valor y estatus moral es el grado de “sensibilidad”.En un mundo darwiniano, el bienestar de algunos seres depende de que hagan daño a otros. Así pues, inicialmente serán inevitables las soluciones de conciliación mientras avanzamos para salir de la primitiva vida darwiniana. La investigación se debe centrar en la manera de reducir al mínimo la desagradable violencia durante la era de transición.

La reprogramación o eliminación de las serpientes y de los cocodrilos sería algo más controvertido que el caso de las tenias, cucarachas o lombrices. Las serpientes y los cocodrilos causan diariamente innumerables muertes espantosas en todo el mundo. También forman parte de nuestro paisaje conceptual familiar gracias a las películas, zoológicos, documentales de televisión, etc., aunque es más fácil tolerar relajadamente sus actividades en el cómodo occidente que, por ejemplo, para una madre de la India que llora la pérdida de su hijo por una mordedura de serpiente. Las serpientes matan más de 50.000 personas cada año.

Sin embargo, más controvertida sería la extinción o modificación genética de la conducta de los diversos gatos. Abordamos aquí el tema de los gatos, en vez de los casos “fáciles” como las tenias parásitas o las cucarachas, debido al estatus singular de los miembros de la familia de los gatos en la cultura humana contemporánea, tanto en calidad de mascotas o animales de compañía como por ser emblemas idealistas de la fauna salvaje. La mayoría de las personas tiene actualmente una fuerte preferencia estética a favor de la supervivencia de los felinos. La existencia de estos animales en su forma actual es quizá el mayor desafío ético-ideológico para un abolicionista radical. Esto es así porque nuestra cultura glorifica al león, que tiene la condición simbólica de “Rey de la Selva”; admiramos la gracia y la agilidad del guepardo; el tigre simboliza la fuerza, la belleza y la agresión controlada; la pantera es oscura, veloz y elegante; y así sucesivamente. Innumerables empresas y equipos deportivos han representado a alguno de los grandes felinos en sus logotipos, como símbolos de hombría y de vigor. Además, los gatos de la variedad doméstica son el arquetipo de las mascotas. Se calcula que la población mundial de gatos domésticos es de unos 400 millones. Idealizamos sus virtudes y perdonamos sus malas inclinaciones, concretamente el tormento que jugando infligen a los ratones. De hecho, en vez de ser objeto de horror, y de compasión hacia el ratón, el tormento de los ratones se ha convertido en un entretenimiento estilizado. De ahí los dibujos animados de Tom y Jerry. Por el contrario, hablar de “eliminar” la depredación puede sonar a algo siniestro. ¿Qué significaría en la práctica la “supresión progresiva” o la “reprogramación” de los animales predadores? Lo que más perturba es que estos términos evocan un genocidio, no la compasión universal.

Las apariencias engañan. Para comprender lo que realmente está sucediendo con la “depredación”, comparemos nuestra actitud frente al destino de un cerdo o de una cebra con la que tenemos respecto al destino de un ser vivo que funcionalmente, tanto desde el punto de vista intelectual como por su capacidad de padecer, es equivalente a dichos animales no humanos: un niño pequeño de entre un año y dos años y medio de edad. En las raras ocasiones en las que un can doméstico mata a un bebé o a un niño pequeño, el ataque aparece en los titulares de los periódicos. Luego se sacrifica al perro delincuente. De igual modo, en África se persigue y se mata a los leones que se vuelven comedores de seres humanos, independientemente de que sean una especie protegida. Esto no pretende decir que los leones, o los perros malvados, sean moralmente culpables. Sin embargo, todos están de acuerdo en que hay que impedirles que maten a más seres humanos. En cambio, el espectáculo de un león que persigue a una aterrada cebra y luego asfixia a su víctima se puede mostrar por la televisión como un entretenimiento vespertino, como un programa instructivo incluso para los niños. ¿De qué manera es pertinente esta comparación? Si nuestra teoría de valores aspira a tener la perspectiva de la mirada de Dios, desprovista de un injustificado sesgo antropocéntrico, igual que las ciencias exactas y naturales, entonces, intrínsecamente, el destino de una cebra no es menos importante que el de un bebé humano, o el de cualquier otro ser vivo dotado de un grado equivalente de sensibilidad al dolor. Si somos moralmente coherentes, a medida que adquirimos un poder similar al divino sobre las criaturas de la Naturaleza también debemos adoptar medidas análogas para asegurar el bienestar de las mismas. Teniendo en cuenta nuestro sesgo antropocéntrico, es útil no sólo considerar a los vertebrados no humanos como equivalentes en su estatus moral a los bebés o los niños sino verlos como si fueran niños, ya que esto ayudará a corregir nuestra falta de empatía hacia seres sensibles de aspecto físico distinto del “nuestro”. Desde un punto de vista ético, no se debe rechazar como carente de base científica la práctica del “antropomorfismo” inteligente; se debería adoptar, por cuanto aumenta nuestra atrofiada capacidad de sentir empatía. Ese antropomorfismo puede ser un valioso corrector de nuestras limitaciones cognitivas y morales. No hacemos aquí un alegato a favor del sentimentalismo, sólo por una benevolencia imparcial. Ni siquiera es un alegato para “tomar partido” por el asesino o por la víctima. Los asesinos en serie humanos cuyas víctimas son otros seres humanos deben ser encerrados. Sin embargo, en última instancia es moralmente vengativo culparlos de algún modo esencial por el destino de sus víctimas. Su conducta sobreviene por las leyes fundamentales de la física. Tout comprendre, c’est tout pardonner. Sin embargo, esta indulgencia no se extiende hasta el punto de permitirles que vuelvan a matar; y los abolicionistas afirman que el mismo principio también es válido para los asesinos en serie no humanos.

Parásitos, depredadores y asesinos en serie

La asfixia genera una sensación de enorme pánico. En la vida humana es una experiencia comparativamente poco frecuente, aunque el trastorno de pánico, una enfermedad de ansiedad caracterizada por repetidos ataques de terror, es bastante corriente y sumamente desagradable. Independientemente de cuál sea su causa, la experiencia de la asfixia es horrorosa. Se siente que los pulmones están a punto de estallar. Se pierde el control de las funciones corporales. No existe un “mecanismo de defensa” psicológico, sólo un terror devorador, como se ha visto por los efectos traumáticos de la llamada tortura del submarino practicada por la CIA, en las pilas de cuerpos enredados de las víctimas de las cámaras de gas nazis, desesperadamente agarradas unas sobre otras para intentar llegar a los últimos vestigios de aire respirable, así como en la cotidiana agonía mortal de millones de herbívoros en la naturaleza.

Sería una bendición que la experiencia de la asfixia fuera básicamente diferente en los humanos y en el resto de los animales. Esta vana esperanza se podría mantener si el modelo de conciencia llamado del “conmutador de luces”, intuitivamente atractivo, fuera defendible, y el grado de conciencia de un organismo vivo tuviera una correlación fiable con su grado de inteligencia. El modelo del conmutador de luces nos lleva a suponer que la asfixia lenta es mucho menos atroz para una cebra que para un ser humano. Ingenuamente nos imaginamos que la asfixia de nuestros primos vertebrados simplemente es desagradable para la víctima, y no algo totalmente insoportable. Desgraciadamente, nuestras emociones centrales también son los modos más intensos de experiencia consciente; y las estructuras neurales que transmiten esos modos de conciencia primitivos están entre las que más se han conservado durante la evolución. El miedo, la repugnancia, la ira, el hambre, la sed y el dolor intensos son algunas de las sensaciones más poderosas que se conocen. Son filogenéticamente muy antiguas. Lógicamente, el placer intenso también puede ser vívido, pero aquí no tratamos del placer. Al contrario de la fenomenología de nuestras emociones centrales, la fenomenología de los episodios en serie de pensamiento “lógico” en la corteza prefrontal característicamente humana es tenue y evanescente, como lo demuestran los estudios con microelectrodos y la introspección en nuestros propios episodios de pensamiento lingüístico. Además, el problema es peor que “simplemente” la aguda intensidad del padecimiento. Los documentales sobre la fauna alientan la noción de que la muerte en la Naturaleza suele ser rápida. Ciertamente, algunas de las muertes son misericordiosamente rápidas. Muchas otras muertes son lentas y angustiosas. Simplemente para sobrevivir, los felinos salvajes deben infligir padecimientos espantosos a sus semejantes mamíferos. Es aún más hiriente que los gatos domésticos atormenten cada día a millones de aterrados pequeños roedores y pájaros antes de matarlos, básicamente para divertirse. Los gatos carecen de una “teoría de la mente” adecuada. No poseen un entendimiento empático de las implicaciones de su conducta. Para un gato, el aterrado ratón con el que está “jugando” no tiene más significación ética que un guerrero zombi abatido por un adolescente que juega un videojuego “violento”. Pero la ausencia de malicia no es ningún consuelo para el atormentado ratón.

La mayoría de quienes viven en ciudades no se preocupan por las crueldades de la Naturaleza, o no piensan en ellas más que de pasada. Implícitamente se supone que esos sufrimientos no tienen importancia. O si la tienen, no es tan grave como para que se deba mitigar o abolir. ¿Por qué? La siguiente lista de motivos es incompleta, pero vale la pena enumerarlos.

     Nuestra supuesta falta de complicidad debida a la impotencia

Durante la mayor parte de su historia, la humanidad no pudo contemplar la posibilidad de reordenar la cadena alimenticia, igual que los seres humanos actuales no pueden pensar, por ejemplo, en modificar la constante de Planck o la masa residual de un electrón. Tradicionalmente, lo que sucede en la Naturaleza “es como son las cosas”, o sea que no es culpa de nadie. Sin embargo, dentro de poco, la persistencia de los padecimientos de los animales no humanos será una responsabilidad directa nuestra. – queda por ver si la rechazamos o la aceptamos.

     Una concepción del mundo vivo basada en la televisión

Nuestra visión del mundo vivo está muy conformada por los documentales sobre los animales salvajes, y por la estructura narrativa de los comentarios y de la música que levanta el ánimo. Los documentales sobre animales salvajes están hechos para entretener y para ser educativos. Ofrecen espectáculos de muerte, violencia y agresión de formas que ya no son aceptables cuando se practican contra seres humanos. Es el mismo motivo por el que durante siglos los romanos disfrutaron de la violencia sangrienta en los anfiteatros, y por el que todavía se cazan animales no humanos como “deporte”. Para muchas personas en su vida cotidiana, un problema psicológico actual no es el dolor o la depresión, sino el aburrimiento, la falta de estímulos. Ver conflictos y muertes es excitante.

    El realismo selectivo

Nos gusta que las películas de guerra y de terror sean realistas, pero no demasiado realistas. De igual modo, no esperamos que los documentales sobre animales salvajes retraten toda la repugnancia de la vida darwiniana aunque, si lo hicieran, sin duda tendrían una audiencia considerable, como atestiguan las cifras de conexiones de YouTube. El aspecto del “buen gusto” asegura que se ahorra la mayor parte del horror a la sensibilidad más impresionable de una audiencia televisiva amplia, pero sin que el programa deje de ser entretenido: la emboscada; la emoción de la persecución; una toma de cinco segundos del león con las mandíbulas sobre la garganta de la cebra; y luego, la cámara pasa a mostrar una manada de leones comiendo el cuerpo del animal muerto. Está prohibido mostrar de forma realista la crueldad de la depredación. En una ocasión, David Attenbobough contestó a algunos espectadores que se quejaban de que una escena era demasiado truculenta: “Tendrían que ver todo lo que desechamos en la sala de edición”. Este texto señala el horror, pero no hay palabras para describirlo. Ni siquiera una filmación clarísima podría reflejar la realidad propia de ser desmembrado, estrangulado, empalado, ahogado, envenenado o comido vivo. El problema de los padecimientos en la Naturaleza que describimos aquí es peor de lo que suponemos, y evitarlos es más urgente desde el punto de vista moral. Como ejemplo, intentemos imaginar lo que se siente cuando se está muriendo de sed durante varios días durante una sequía. Tal vez no haya dramatismo explícito. Sólo es subjetivamente espantoso. Por ello, como especie dominante, tenemos la obligación ética de poner fin a tales horrores tan pronto tengamos la capacidad técnica para hacerlo.

    Déficit de adaptación de empatías

Las respuestas de empatía humanas están conformadas por la selección natural. Genéticamente, tener una respuesta de empatía hacia los sentimientos de sus hijos mejora la aptitud biológica o adecuación de los padres, pero no están adaptados para sentir compasión por la “comida” de los hijos. No existe, o es muy débil, una presión por la selección para la empatía hacia individuos de otras razas o especies, o rivales genéticos, ya que una tal empatía no favorecería nuestro éxito reproductivo, salvo en la medida en la que permitió a nuestros antepasados cazar y matar con más éxito, o ser más listos que sus enemigos. La mente y el cerebro humano no están diseñados para seguir el bienestar de otros miembros de nuestra propia especie más allá de nuestra propia tribu, y mucho menos de otros seres vivos sensibles. Esporádicamente existe esa empatía, pero se ha elegido, no ha sido seleccionadapara ello; su existencia sólo es un subproducto de una adaptación que mejora la adecuación. Este texto se centra en los déficit de empatía derivados del sesgo antropocéntrico; sin embargo, el mayor déficit de empatía se debe al sesgo egocéntrico. Las coaliciones de genes egoístas producen vehículos cuyos mundos virtuales no siguen de modo imparcial el bienestar de otros seres vivos sensibles. Tal vez sólo los clones (gemelos, trillizos, etc., idénticos) podrían hacerlo “naturalmente” de forma fiable.

     Las crueldades del mundo vivo son “naturales”, por lo que merecen ser conservadas: es un precio que vale la pena pagar por el esplendor de la Naturaleza

Así deben ser las cosas, porque siempre han sido así. El sesgo del status quo es endémico. De este modo, en las sociedades con esclavos, a algunos pensadores, inteligentes en otros aspectos, no se les ocurrió que la esclavitud podría ser moralmente mala. Si se les hubieran planteado los argumentos a favor de la libertad humana universal, esta idea les hubiera parecido tan tonta como lo parece actualmente poner en tela de juicio la inviolabilidad de la cadena alimentaria. Potencialmente, el sesgo del status quo también puede adoptar formas benignas. Si ya viviésemos en un mundo sin crueldad, la noción de reintroducir el sufrimiento, la explotación y que los seres vivos se coman los unos a los otros, más que aterradora sería inimaginable y no se podría concebir con seriedad, igual que hoy no se puede concebir el retorno a la cirugía sin anestesia. Pero no se debe exagerar respecto a la magnitud de nuestro sesgo de status quo. Existe algo intrínsecamente erróneo o injusto en el propio dolor intenso, mientras lo sentimos; y en mayor o menor medida, podemos generalizar este fuerte sentimiento de injusticia hacia otros seres que padecen y con los que nos identificamos. Sin embargo, dado que la mayoría de los seres humanos no están martirizados por el dolor durante la mayor parte del tiempo, cualquier generalización que hagamos será débil y de alcance restringido debido a nuestro origen evolutivo.

La extinción frente a la reprogramación

  1. Extinción

Una de las soluciones a la barbarie de la depredación es el uso indiscriminado de los llamados contraceptivos de depósito en carnívoros, dejar que los animales predadores rápidamente desaparezcan, y gestionar los efectos de la población resultante sobre las especies “de presa” mediante formas más selectivas de contracepción de depósito. Tales técnicas de contracepción avanzadas controladas por ordenador podrían utilizarse selectivamente para cebras, búfalos cafres, ñus, etc., para evitar la sobrepoblación en nuestros parques de animales salvajes. La fiabilidad de una gestión de la población ha quedado demostrada mediante el empleo de la contracepción de depósito reguladora de la fertilidad en elefantes macho del Parque Nacional Kruger, lo que es preferible a la práctica consternadora de la “matanza selectiva”. La mayoría de los entusiastas de la fauna natural prefieren el empleo de la contracepción de depósito como medio de control, en vez de matar a familias de elefantes. Pero también les parece aborrecible la idea de que no existan leones incluso en nuestros parques de animales salvajes. Esto puede ser así, pero los argumentos a favor de la extinción selectiva no son absurdos, aunque los rechacemos después de la debida reflexión. ¿Por qué adoramos como a fetiches formas de vida que poseen la tendencia heredable a depredar y estrangular a otras? Se usan poco las comparaciones con el Tercer Reich, pero a veces son pertinentes. Vale la pena preguntarse por qué existe una amplia comunidad en Internet que ve a los SS en uniforme negro y sus atuendos de gala como algo fascinante, mucho más fascinante que, por ejemplo, la anodina NKVD, los apparatchik y la miseria del Gulag, o el medio olvidado genocidio de los armenios por los otomanos. El poder y la violencia nos intrigan cuando se ejercen con garbo. Por suerte, esa cautivación por las personificaciones elegantes del mal tiene sus límites; los inmaculados SS son mucho más elegantes que sus víctimas camino de la asfixia en las cámaras de gas, pero no vamos a preservarlos o literalmente recrearlos, salvo en las películas. Es mejor que algunas formas de vida monstruosas queden proscritas para siempre en los archivos. De la misma manera, el espectáculo de los grandes predadores cazando y asfixiando a sus aterradas víctimas es visualmente más absorbente que el de los inofensivos herbívoros pastando. ¿Qué preferimos ver por la televisión? Si existe una emotividad mal entendida, está en nuestra adoración de los fuertes, apuestos y poderosos, no de los delicados y vulnerables.

Vale la pena subrayar, porque una y otra vez se reprocha, que esta condena de los animales predadores no pretende culpar de su conducta a los leones, o a los gatos domésticos. En primer lugar, salvo que exista una ingeniería genética o un fenómeno anormal de la naturaleza, los leones están obligados a ser carnívoros. En segundo lugar, no comprenden las implicaciones de sus actos. Cualquier león mutante con una teoría de la mente capaz de sentir empatía hacia su presa rápidamente quedaría marginado por los leones “sociopáticos”. Salvo intervención humana, un león compasivo que rechazase la “ley de la selva” se moriría de hambre. Y también sus cachorros. Los leones son “sociopáticos” respecto a los individuos de sus especies de presa, igual que a lo largo de la historia muchos humanos se han comportado sociopáticamente frente a miembros de otras razas y tribus, aunque entre los humanos la esclavitud ha sido más corriente que el canibalismo. [“Nada nos suscita más repugnancia que el canibalismo, pero nosotros causamos la misma impresión a los budistas y a los vegetarianos, porque nos alimentamos de bebés, aunque no son los propios.” Robert Louis Stevenson.] Sea como fuere, hay que considerar seriamente el escenario de la extinción de las formas de vida predadoras, pero no como resultado de un ingenuo moralismo. Un abolicionista entregado a su causa podría predecir cautelosamente que dentro de algunos siglos sólo habrá leones en los archivos digitales, igual que el virus de la viruela. Igualmente se podría predecir, de modo provisional, que el Homo sapiens asilvestrado correrá la misma suerte. Se ha visto que, en el pasado, la capacidad condicionalmente activada de actuar de formas sanguinarias y sexualmente agresivas se ha adaptado genéticamente. Todos somos descendientes de asesinos y violadores. Los genetistas afirman que actualmente más de 16 millones de personas pueden ser descendientes de Gengis Kan. Pero predecir algo no es propugnarlo.

Por otra parte, aunque uno crea, contrariamente a lo que aquí se argumenta, que los leones y los guepardos son intrínsecamente valiosos exactamente en su forma actual, su existencia conlleva un coste “de oportunidad” o alternativo, que es el valor del siguiente mejor ser vivo al que se renuncia como resultado de haber elegido una forma de vida en vez de otra. Los miembros de la familia de los gatos, ¿realmente son formas de vida ideales? En un mundo de recursos finitos, de la totalidad del espacio de estado abstracto de posibles genomas sólo puede hallar expresión un pequeño espectro de fenotipos. Supongamos, como parece ser probable, que los (post)humanos pronto tendrán poderes de semidioses en lo que respecta a las clases de formas de vida y modos de conciencia que sustenta el mundo vivo. Los recursos ecológicos, y de hecho la propia energía masiva, seguirán siendo finitos. Si optamos por “instanciar”, o sea, representar como ejemplo, al león, su existencia conlleva privar de la vida a otras especies. Así pues, juzgar que los leones deben existir es afirmar que es mejor, de alguna manera, que máquinas de matar sociopáticas merodeen por la tierra, y no herbívoros alternativos. Literalmente, en última instancia este razonamiento también se aplica al Homo sapiens arcaico. ¿Están organizados de forma óptima el código fuente de nuestra materia constituyente y la energía? ¿O bien sería mejor que nuestro ADN estuviera reconfigurado para codificar a una especie de “smart angels” dichosamente súper-inteligentes? La diferencia está en que los humanos arcaicos muy probablemente se extinguirán, no por una acción exterior sino a medida que progresivamente reescribimos nuestro propio código fuente, reprogramamos la “naturaleza humana” y progresamos hacia un estadio posthumano.

  1. La reprogramación

Como alternativa, ¿se debería “reprogramar” genéticamente a los predadores carnívoros, o modificar de otra manera su comportamiento, en vez de permitir que se extingan en el “medio natural salvaje”? Antes de una reflexión, una reprogramación de ese tipo es casi imposible. En la práctica, los conocimientos técnicos necesarios para ello probablemente existirán dentro de pocas décadas, como máximo. Incluso ahora ya podemos ver anticipaciones de vida post-darwiniana, si bien sólo a nivel de individuos y no de especies enteras.

a) Un ejemplo de técnica de gestión del comportamiento en funcionamiento es la creación de ratas telecontroladas. Los electrodos implantados en los centros de placer del cerebro de una rata pueden conseguir que ésta siga instrucciones, por decirlo de alguna manera, de volición propia, al menos desde la perspectiva de la rata. Actualmente los investigadores prevén que estos roedores “mejorados” se podrán utilizar para buscar minas terrestres o víctimas (humanas) enterradas por terremotos. No hay nada que impida que esta tecnología se implante ampliamente en el futuro, junto con mini-cámaras y dispositivos de seguimiento por GPS, en carnívoros predadores, para disuadirlos de la violencia sociopática contra otras formas de vida sensibles. De hecho, con un programa de refuerzo adecuado, se puede transformar a los más feroces carnívoros en ciudadanos ejemplares de nuestros parques de animales salvajes. Con una vigilancia adecuada y control informatizado, se podría orientar discretamente a comunidades enteras de ex- predadores hacia normas de comportamiento no violento. El proceso de transformación del comportamiento no conllevaría nada “inhumano”, ya que en ningún momento se estimulan los centros de dolor del cerebro. El animal “mejorado” nunca siente que se le obliga a actuar en contra de su voluntad. Ciertamente, el ex-predador está “esclavizado” por sus “circuitos de recompensa”; pero también lo están los humanos. [“Todos los seres humanos buscan la felicidad. Todos, sin excepción. Independientemente de los diferentes medios que utilicen, todos tienden a ese fin. La causa de que algunos vayan a la guerra, y que otros la eviten, es el mismo afán, que se busca con medios diferentes. Es la motivación de cada acto de cada persona, incluso de las que se suicidan.” Blaise Pascal.] De hecho, se podrían administrar dosis muy generosas de placer puro a los individuos de las especies gestionadas, como recompensa por un comportamiento “virtuoso”.

Por el contrario, los individuos de las especies presa se pueden someter a una ingeniería genética para que pierdan el terror, actualmente muy justificado, que les infunden los predadores. Repetimos que este “rediseño” parece ser una tarea de proporciones ingentes. Pero recordemos que los roedores infectados con el protozoo parásito Toxoplasma gondii pierden su temor normal y buscan las zonas marcadas con orina de gatos. Tanto la farmacología como los neuroelectrodos y las técnicas genéticas brindan posibles soluciones a la patología molecular del miedo, cuando ésta deja de ser funcionalmente necesaria. A largo plazo, las mismas técnicas de enriquecimiento hedónico, amplificación de la inteligencia y prolongación de la vida que estarán disponibles para los humanos hacia finales de este siglo se pueden extender a todo el árbol filogenético. “La salud es un estado de total bienestar físico, mental y social, no meramente la ausencia de enfermedades o dolencias”, afirman los estatutos de la Organización Mundial de la Salud. El proyecto abolicionista amplía este compromiso al pleno bienestar físico, mental y social más allá de nuestra propia especie, para llegar finalmente a todos los seres vivos sensibles. Esta ampliación actualmente suena a algo descabellado. También lo hubiera sido hace 200 años una descripción de la sanidad humana actual. Está en juego el mismo principio ético. Anti- intuitivamente, la “ley de rendimientos acelerados” de la potencia de procesado de los ordenadores significa que la transición hacia un bienestar universal se podría lograr en décadas en vez de milenios si existiese un consenso entre los gobiernos, aunque algunos siglos pueden ser una previsión de marco temporal más conservadora para los ecosistemas marinos.

b) Otra previsión de la forma en que puede funcionar la reprogramación se encuentra “naturalmente” en el hábitat natural. Entre 2002 y 2004, una leona bautizada como Kamunyak [“La Bendita”, en el idioma del pueblo Samburu], en Kenia central, adoptó varias veces a crías de órix, seis veces en total, y las protegió de otros predadores, incluso de leopardos y de sus hambrientos parientes leones. Kamunyak incluso permitía que en ocasiones una madre órix fuera a alimentar a su cachorro, antes de echarla. “La leona debe de tener una aberración mental”, comentó un funcionario de la UNESCO en Nairobi. En principio, el comportamiento hipercriador de mamíferos eusociales tales como los leones se podría aprovechar en carnívoros genéticamente planeados para proteger a los individuos de las especies que actualmente son sus presas. En este marco, también sería necesario poner a disposición permanente un suministro de carne artificial, salvo que se hicieran intervenciones genéticas más radicales para alterar la fisiología actual de los leones. Hoy en día, la carne in vitro sólo es una curiosidad de laboratorio. Pasará una década, o más, hasta que existan productos comerciales. Sin embargo, la producción en masa de carne cultivada para carnívoros “salvajes” o domésticos puede ser más fácil que crear las texturas de carne diseñada genéticamente necesarias para satisfacer los gustos más exigentes de los gastrónomos humanos. Lógicamente, los detalles técnicos de un programa de esta clase son todo un reto. La Naturaleza presenta pocas cadenas alimentarias en sentido estricto, pero existen muchas redes alimentarias complejas. Sin embargo, un ecosistema sólo puede sustentar unos cinco o seis niveles tróficos entre los productores primarios realmente insensibles y los grandes carnívoros predadores que están en el vértice de la pirámide trófica. Esto sucede porque sólo aproximadamente el 10% de la energía pasa al predador, y el resto se pierde hacia el medio ambiente en forma de calor. Así pues, los problemas de una gestión humana del ecosistema en un parque de animales salvajes bien administrado se deberían poder resolver mediante la informática. Se calcula que toda la población actual de leones en África es de unos 30.000, cuando en 1950 eran aproximadamente 400.000. La cantidad de leones se está reduciendo con rapidez debido a la pérdida de hábitat y los conflictos con el hombre. Muchas veces las poblaciones de leones restantes están geográficamente aisladas unas de otras. Por ello, aumenta la endogamia y disminuye la diversidad genética. Salvo intervención humana, pronto desaparecerán los leones fuera de los zoológicos y de los “parques de animales salvajes”, igual que en este siglo desaparecerá la mayoría de los grandes mamíferos terrestres como consecuencia de la degradación de sus hábitats. Como ejemplo, se está perdiendo aproximadamente el 2% de los bosques tropicales húmedos, que son el bioma terrestre con mayor número de especies. La reprogramación y las técnicas de gestión del comportamiento pueden garantizar la supervivencia civilizada de leones “reformados” y de sus semejantes, para que los ecoturistas disfruten viéndolos si lo desean. Una de las reacciones críticas a la perspectiva de la reprogramación de los predadores carnívoros suena como sigue: Un león cuasi-domesticado, no predador de otras especies, ha dejado de ser un auténtico león. Los leones, por su propia naturaleza, matan a individuos de las especies presa (y a veces a hienas y guepardos, y también se matan entre sí). Es cierto que los leones matan a sus víctimas de formas atroces, que se califican de “bestiales” cuando las usan humanos frente a otros humanos; pero esa conducta es perfectamente natural para los leones, es un aspecto de su “fenotipo de comportamiento”. Cazar es una característica natural de la esencia de su especie.

Aquí llegamos al quid de la cuestión: la pretendida fuerza moral del término “natural”. Cuando un ser vivo, por su propia naturaleza, causa terribles padecimientos, aunque sea no voluntariamente, ¿es moralmente malo cambiar esa naturaleza? Si una persona civilizada llegase a creer que está cometiendo, sin un motivo válido, actos que causan mucho dolor, dejaría de cometerlos, y querrá que otros agentes morales impidan la repetición de esa conducta. ¿Podemos suponer que esto también sería aplicable a un león, si éste estuviera moral y cognitivamente “elevado” lo suficientemente como para comprender las consecuencias de sus actos? ¿O a un gato doméstico que atormenta a un ratón? ¿O incluso a una persona sociópata? Actualmente la sociopatía en personas no es curable, pero se han debatido diversas intervenciones, tanto genéticas como farmacológicas. ¿Deberá ofrecerse un tratamiento cuando exista la opción terapéutica? Hoy por hoy, los asesinos en serie se deben encerrar de por vida. Una “curación” que permitiese a los asesinos en serie transformarse en personas auténticamente pro-sociales y empáticas, de hecho los “privaría” de su identidad anterior. Una intervención de esta clase sería “coercitiva”, tal vez no en un sentido estricto, pero sí a efectos prácticos si la alternativa es la cadena perpetua. Lo mismo se puede decir de los delincuentes sexuales reincidentes violentos. Veamos ahora otra forma de conducta de los leones cuya práctica por personas conduciría a la cadena perpetua. Un león macho adulto está genéticamente programado para ir a una manada, retar al macho reinante y, si lo vence, matar metódicamente a los cachorros del macho vencido. Matando a los cachorros de su rival eleva al máximo la inclusión de la aptitud de su ADN en la especie. La madre volverá a entrar en celo, de forma que el macho invasor podrá aparearse con ella y ser padre de sus propios cachorros. Aproximadamente una tercera parte de todos los cachorros de león perecen de esta manera. Por suerte no sucede nada tan mecánico con los padrastros humanos y los jóvenes hijastros. Sin embargo, estadísticamente, es muchísimo más arriesgado ser criado como hijastro que ser criado por ambos progenitores biológicos. Si existiesen intervenciones terapéuticas que ayuden a reprimir los sentimientos de hostilidad de los padrastros hacia los infantes hijastros, ¿sería deseable su utilización? Muchos padrastros acogerían con beneplácito tales intervenciones. Padres correctos en otros aspectos pueden sentirse perturbados por la hostilidad que sienten hacia sus hijastros, aunque la enorme mayoría de ellos no actúan en la forma extremada que practican los leones machos. El infanticidio es algo cruel, independientemente de la identidad de la especie de quien lo perpetra. En el futuro habrá intervenciones que puedan impedir el infanticidio en nuestros parques de animales salvajes, aunque para ello se deban manipular los genomas “naturales” de sus poblaciones.

¿Un estado del bienestar para todas las especies?

“El que sacrifica buey,  es como si matase un hombre” (Isaías 66:3)

En las sociedades de Europa Occidental se ha implantado durante el pasado siglo un estado del bienestar para los seres humanos, para que los miembros más vulnerables de nuestra especie no deban sufrir penalidades evitables. Incluso en naciones occidentales ricas, la cobertura puede ser lamentablemente inadecuada, concretamente en los EE.UU. Las prestaciones en las naciones del Tercer Mundo pueden ser excelentes, fragmentarias o prácticamente inexistentes. Según los estándares de la posteridad, toda la asistencia sanitaria actual parecerá rudimentaria. Sin embargo, al menos está firmemente establecido el compromiso con un principio básico: nadie debe perecer de hambre o padecer debilidad o muerte por una enfermedad evitable. De modo similar, la educación universal está diseñada para elevar al máximo para todos, las oportunidades que ofrece la vida. La asistencia sanitaria universal tiene como objetivo asegurar que toda persona reciba tratamiento médico. Los organismos de apoyo a la infancia intervienen cuando hay niños vulnerables con riesgo de abusos o desatención. Inicialmente, los darwinistas sociales condenaron la implantación de tales salvaguardas; los eugenicistas se inquietaron porque que un estado del bienestar permitiría que los “no adaptados” se reproduzcan y propaguen genes “malos”; los fundamentalistas del mercado libre se preocuparon de que una red de seguridad socavaría los hábitos de la autosuficiencia varonil; etcétera. Sin embargo, hoy parece obvia la necesidad de garantías de bienestar, como mínimo básicas, aunque subsiste la controversia sobre su índole, su alcance óptimo y su financiación. El darwinismo social en su forma más cruda tiene hoy pocos defensores, aparte de los devotos de Ayn Rand. El problema no sólo radica en que las prestaciones de bienestar actuales son inadecuadas: también son arbitrariamente específicas para las especies. De igual modo que con la situación difícil de los humanos vulnerables antes de su implantación, el bienestar de los animales no humanos depende fundamentalmente de la caridad privada. No existen garantías universales de bienestar no humano. La vivisección, la abominable cría en factorías y la matanza masiva industrializada de animales no humanos continúa sin obstáculos. Aparte de nuestros primos más cercanos los grandes simios, una ampliación sistemática a otras especies “en el medio natural” de las garantías de bienestar estatalmente impuestas es una opción demasiado exagerada como para poder generar un análisis crítico sostenido. Como dice el proverbio, la caridad bien entendida comienza en casa; preocupémonos primero de “nuestra” especie. No ha surgido un gran debate ideológico sobre los argumentos a favor de un rediseño compasivo del ecosistema, porque los argumentos que abogan por la preservación del status quo ecológico se perciben como tan claros que no necesitan ser defendidos; y hoy apenas se atisba el potencial de transformación que ofrecen la biotecnología, la informática y la nanotecnología. Es evidente que la Naturaleza siempre nos ha parecido “demasiado grande”. En la medida en que se ha considerado necesario justificar de alguna manera los padecimientos de los animales salvajes, la narrativa para racionalizar las crueldades de la Naturaleza siempre ha afirmado que la predación de los enfermos y los débiles se produce “en bien de la especie”. Esta fábula ya no es sostenible científicamente. La selección natural no opera a ese nivel. Además, también es no-darwiniano suponer que existe alguna brecha fundamental ontológica y ética entre “nosotros” y “ellos”, entre los primates de la especie Homo y los animales no humanos. En cualquier ética universal, el uso incluyente y no contrastante del “nosotros” se debe extender a todos los seres vivos sensibles.

Sin embargo, el mayor obstáculo para la reprogramación de predadores y el diseño de ecosistemas compasivos no es la ideología sino simplemente el sesgo cognitivo del status quo. La mayor parte de los argumentos elaborados contra la abolición del sufrimiento de los humanos ni siquiera son objeto de consideración inicial en lo que respecta a los seres no humanos. La angustia de individuos de otras especies no inspirará a las víctimas a crear grandes obras de arte o de literatura, a conformar sus caracteres, a permitir contrastes interesantes, a crear ocasiones para el desarrollo personal, etc. Simplemente es algo repugnante e inherentemente sin sentido. Pensándolo bien, reprogramar el código fuente del resto del mundo vivo es, desde el punto de vista informático, órdenes de magnitudes más difícil que rediseñar a los humanos. Pero tampoco hay que sobrevalorar la inmensidad de la tarea. Los retos técnicos de la reprogramación de animales no humanos son, de cierta manera, más fáciles de superar que para los seres humanos. Uno de los más formidables obstáculos a un enriquecimiento del ánimo en los humanos no es la ingeniería del placer en bruto, que ya hoy día se puede conseguir con electrodos craneales o mediante la administración combinada de heroína y cocaína (“speedballing”). Lo difícil es reprogramar nuestros circuitos de recompensa de formas que no afecten a nuestra responsabilidad social y al rendimiento cognitivo, no sólo en cuanto a medidas brutas de los tipos de inteligencia registrados mediante tests IQ, sino en las habilidades menos aparentes que comportan creatividad, comprensión empática, análisis introspectivo, e incluso también la capacidad de dudar de cosas fundamentales, de las que pueden surgir futuras revoluciones intelectuales. En resumidas cuentas, el reto es evitar que los superfelices se vuelvan “opiados” o maníacos. Las restricciones de esta índole no se aplican en la misma medida, o no se aplican en absoluto, a la futura felicidad de los animales no humanos. La perspectiva de “leones con administración de “soma” puede parecer surrealista, pero no es concebible que su implantación pueda juzgarse como algo irresponsable o inmoral.

En su forma actual, el proyecto abolicionista es más un bosquejo que un plan trazado. Esta disciplina no estará exenta de valores, pero no tampoco será más normativa que la biología de la conservación o la medicina científica. – Un aspecto crítico del rediseño de un ecosistema avanzado será el previo modelado informático y la exhaustiva búsqueda de los efectos secundarios no previstos de las intervenciones a diferente niveles tróficos de la “cadena alimentaria”. Los manifiestos filosóficos podrán minimizar las dificultades técnicas; los equipos de gestión de los parques de animales salvajes tendrán que confrontarlas. Sea como fuere, el abolicionismo deberá entrar en las principales corrientes académicas y políticas, con adecuadas estructuras de organización y grupos de defensa. Un mundo exento de crueldad requerirá acciones coordinadas a nivel nacional, intergubernamental y de las Naciones Unidas, a una escala sin precedentes.

Es comprensible que los escépticos desechen estos escenarios calificándolos de pura “tecnofantasía”. Los obstáculos sociológicos, ético- religiosos e ideológicos para el diseño de un ecosistema planetario sin crueldad pueden parecer insuperables, aunque se reconozca su final viabilidad técnica. Sin embargo, no es tan irrazonable como pueda parecer a primera vista predecir el desarrollo de una ética mundial “anti- especista” que complemente una ética antirracista. Pensemos en los dogmas centrales de las principales religiones del mundo. ¿En qué medida el proyecto abolicionista es una implicación disfrazada de algunos de nuestros principios básicos? La palabra sánscrita ahimsa que significa no hacer daño (literalmente, evitar himsa, la violencia), es un elemento central de la familia de religiones originarias de la antigua India: el hinduismo, el budismo y especialmente el jainismo. El Ahimsa es una norma de conducta que prohíbe matar o herir a seres vivos. El rediseño del ecosistema que aquí propugnamos es básicamente la expresión científica del ahimsa a escala global, despojado de su metafísica del karma. Es cierto que las religiones judeo-cristianas e islámica históricamente han sido menos comprensivas frente a los intereses de los animales no humanos que las tradiciones no-abrahámicas del subcontinente indio. Durante una gran parte de la era cristiana, el vegetarianismo fue considerado una herejía en Europa Occidental. La promesa de Dios del “dominio” sobre el resto del reino animal generalmente se interpretaba como una licencia divina para el dominio y la explotación. Sin embargo, “dominio” también se puede reinterpretar como responsabilidad de administración. ¿Qué sucedería si Isaías 11:6 tiene razón, y realmente “el tigre con el cabrito se acostará”? ¿Querrá un Dios compasivo que preservemos la biología del sufrimiento cuando tengamos la opción de no hacerlo? Recordemos también que, con una sola excepción, los 144 suras del Corán comienzan con: “Alá es misericordioso y compasivo.” El nombre de Dios que con mayor frecuencia se emplea en el Corán es “al-Rahim”, que literalmente significa “el Universalmente Compasivo”. Toda implicación de que la compasión de Dios está atrofiada comparada con la imaginación moral de meros mortales puede parecer una blasfemia. El profeta Mahoma habla de la necesidad de la “clemencia universal”. Según una tradición (Hadith Mishkat 3:1392), Mahoma enseñaba que “todas las criaturas son como una familia de Dios; y El ama más a quienes son más benéficos para con Su familia.” A medida que maduran o se aceleran las técnicas informáticas, la nanobótica y la biotecnología, quizás tanto los eticistas religiosos como los laicos tratarán a la máxima liberación del sufrimiento como a un imperativo por defecto de la que toda desviación requiere una justificación, y no como a una nueva ética radical que por sí misma necesita ser justificada. En casi cualquier escenario futuro estamos destinados a “jugar a ser Dios”. Así pues, fijémonos como objetivo ser dioses compasivos y sustituyamos la crueldad de la vida darwiniana por algo mejor.

Autor:David Pearce (2009)

Traductor: Pablo Grosschmid

Artículo Original en: Reprogramming Predators